Expertos sostienen que los atentados del 11 de septiembre marcaron el comienzo del fin del periodo de predominio unipolar de Estados Unidos. Esta tesis vincula los ataques terroristas con la posterior guerra de Irak y la crisis financiera de 2008-2009. Se argumenta que esta secuencia de eventos contribuyó decisivamente al desgaste de la posición hegemónica de la potencia norteamericana.
La interpretación académica reciente plantea que la arquitectura de poder global establecida tras la caída de la Unión Soviética no fue inamovible. Según esta perspectiva, el impacto psicológico y político de los atentados del 11-S obligó a Washington a reorientar sus recursos estratégicos. Esta reorientación abrió la puerta a intervenciones externas que, a mediano plazo, erosionaron la capacidad de proyección de influencia de Estados Unidos.
La guerra en Irak se identifica como el segundo eslabón de esta cadena de declive. Los analistas subrayan que el conflicto consumió recursos financieros y políticos que podrían haberse destinado a la consolidación de la hegemonía. La prolongación de esta guerra no solo generó costos internos, sino que también minó la legitimidad moral y política del liderazgo estadounidense en el escenario internacional.
La crisis financiera de 2008-2009 completó la secuencia de eventos que definieron el fin del unipolarismo. Este colapso económico demostró las vulnerabilidades estructurales del modelo hegemónico y aceleró la búsqueda de alternativas por parte de otros actores globales. La combinación de instabilidad interna y sobrecarga externa hizo insostenible la pretensión de un orden mundial centrado exclusivamente en Washington.
El análisis concluye que la hegemonía no terminó de forma abrupta, sino a través de un proceso acumulativo de errores estratégicos y shocks económicos. La transición hacia un mundo multipolar se gestó durante esta década de agotamiento. La revisión histórica de este periodo busca entender cómo las decisiones tomadas tras el 11-S reconfiguraron el mapa de poder global actual.
El consenso entre estos analistas es que la década posterior al 11-S fue determinante para redibujar el equilibrio de poder internacional. El legado de la era unipolar se ve ahora como un paréntesis cerrado por las propias acciones de la potencia dominante. El estudio de esta secuencia sirve para comprender las dinámicas actuales de competencia entre las grandes potencias.

