En Chablekal, un pequeño y tranquilo pueblo maya cercano a Mérida, Yucatán, la muerte suele ser un evento poco frecuente: unas dos o tres personas fallecen al año. Sin embargo, en 2022 ocurrió algo fuera de lo común. Dos personas murieron el mismo día y a la misma hora, lo que desató un conflicto inesperado: en el panteón del pueblo solo había espacio para uno de los cuerpos. La decisión de quién sería enterrado en su tierra natal terminó en una disputa que ganó el fallecido originario de Chablekal, mientras que el otro tuvo que ser sepultado en una localidad cercana.
El caso refleja una problemática mayor. Chablekal, con una población de casi 5,000 habitantes, cuenta con un panteón que apenas dispone de 45 bóvedas y ocupa 860 metros cuadrados. Este espacio, insuficiente para las necesidades de la comunidad, se enfrenta además a la presión de un crecimiento inmobiliario desbordante. Mérida, ubicada a 15 kilómetros al sur, ha experimentado un auge turístico y de desarrollo inmobiliario, atrayendo a visitantes y nuevos residentes con su clima cálido, baja criminalidad y proximidad a playas, cenotes y zonas arqueológicas. Esto ha llevado a la región a ser promocionada como un destino de alto potencial para inversiones residenciales, como lo dejó claro un evento organizado en 2023 en Madrid por la Asociación Empresarial México-España.
Pero en Chablekal, el impacto de esta plusvalía se siente de manera distinta. Rodeado por desarrollos inmobiliarios, el pueblo ha visto limitada su capacidad para expandir su comunidad y resolver su falta de espacio para los muertos. Desde hace más de una década, el Ayuntamiento de Mérida implementó una política de rotación en el panteón: los cuerpos deben ser exhumados tras tres años para liberar espacio, y en muchos casos, los restos no completamente descompuestos son vueltos a enterrar por respeto. En otros casos, las familias se ven obligadas a optar por la cremación, una práctica que contrasta con las tradiciones locales.
La solución podría estar en un terreno contiguo al panteón, pero este está en disputa entre el pueblo y los ejidatarios, quienes se niegan a donarlo al esperar recibir compensaciones económicas. Mientras tanto, la comunidad de Chablekal enfrenta un dilema que no solo compromete su forma de vivir, sino también su manera de despedir a los suyos, en medio de una lucha silenciosa entre el progreso y las tradiciones ancestrales.



